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Hojas manuscritas, un lápiz y una taza de café sobre una mesa
Concurso de Microrrelatos Coslada 2026
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Relato 13 de 30

Museo de los recuerdos - Encarni Soler Fernández

En esta casa que de pronto se hizo grande —pues mis hijos, como es lógico, abandonaron el nido—, mi marido y yo transitamos en ella de distinta forma que antes. Ya no solamente somos padres y abuelos solícitos: comenzamos un camino lleno de ilusiones y ahora somos también aprendices de todo, como por ejemplo, de escritores.

Una mañana, hace algún tiempo, al abrir los ojos, vi una luz pequeña pero que se iba agrandando, pensando en esas personas que están solas y que quizás necesitan una mano amiga. Y mi pensamiento rumiante no paraba de dar vueltas. De pronto nació una idea; sonreí, me parecía buena. Y me puse en marcha. A través de las redes sociales escribí una carta que decía: «Hola: Soy Sara, tengo 78 años, y necesito que me ayudéis para llevar a cabo el siguiente proyecto: hacer el Museo de los Recuerdos. Será pequeño, pero muy emotivo, con objetos que nos hicieron felices en nuestra niñez. Cerca de mi casa hay un local vacío, no muy grande, que podría ser apropiado. ¿Qué os parece la idea? Un saludo. Espero vuestras respuestas». Y claro que las recibí. Hace un año que lo inauguramos. Abrimos el local y está lleno de muñecas Mariquita Pérez, de pelotas, de paipáis, de yoyos, de coches de hojalata, de cuentos y de tantas cosas entrañables. Pero, sobre todo, está lleno de amigos que, bien organizados, empleamos algunas horas en mantenerlo abierto y cuidado, atendiendo con alegría a los visitantes. Llenamos nuestro valioso tiempo con ilusión, que en muchos casos antes estaba repleto de una soledad no deseada para muchos de ellos. ¿Me siento feliz? Sí, mucho. Jamás pensé que una idea que aquella mañana se encendió en mi mente se convertiría en algo tan... ponerle vosotros el nombre.