Relato 19 de 30
No tengas miedo - José Fernández Lora
El viento golpea la gruesa puerta de madera, la cellisca amontona la nieve contra la fachada de la humilde casa; José deposita unos troncos dentro de la hornacha, la cocina esta fría, con un cartón abanica intentando prender la lumbre, insiste abanicando con más fuerza, el humo le hace toser pero no ceja en su empeño, finalmente aparece una ligera llama, sigue moviendo el cartón para avivar el fuego; su esposa aparece con una mantilla sobre los hombros y una niña pequeña en brazos aún dormida, otra de la mano, en camisón y con una gruesa túnica con capucha cubriéndola desde la cabeza a los pies, Begoña le contempla en silencio, la grotesca pose de su marido arrodillado, encorvado y con el culo en pompa ante la hornacha, agitando un trozo de cartón y tosiendo sin parar la hace gracia: -¿José, estás bien? Se gira, sonríe, las mira con los ojos enrojecidos y vidriosos debido al humo, se incorpora y se acerca a ellas, deposita un ligero beso en los labios de su mujer como cada mañana, acaricia la cabecita de su hija mayor que le mira con embeleso, para la niña su padre es el mejor del mundo, la pequeña sigue aún dormida arrebujada entre las ropas de su madre, él contempla su carita redonda, le pasa su dedo índice por la frente haciendo la señal de la cruz. A Begoña se le desdibuja su imagen, algo está ocurriendo, está vestido, le ve salir del hogar y como se difumina entre la cellisca; abre los ojos sobresaltada, en su mente, aún está viva la frase que su querido le había repetido en numerosas ocasiones: "No sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción que tienes”. En el lecho, dos criaturas se abrazan a Begoña, los rayos de sol entran por la ventana iluminando sus caras.