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Hojas manuscritas, un lápiz y una taza de café sobre una mesa
Concurso de Microrrelatos Coslada 2026
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Relato 2 de 30

El grito de los árboles - Laila Torres Reboiras

Aquella mañana amaneció como todas las mañanas: el sol salió por el este y se ocultó por el oeste. Pero ocurrió algo a mitad del día. Todo se nubló. La ciudad se cubrió de un denso humo y un olor muy extraño. Entonces, dentro de aquel espesor de niebla, se escucharon unos gritos que provenían de lo más alto de la nube negra que cubría la ciudad.

Los gritos pasaron de sollozos a lamentos angustiosos, lentos y desgarradores. Se unían entre sí y formaban un balbuceo dentro de aquella nube negra. Los vecinos de la ciudad, atormentados, se fueron a sus casas, cerraron puertas y ventanas, apagaron luces y encendieron velas.

Eran los árboles: pinos, encinas, abetos, robles, alcornoques, xestas, codosos, retamas, fayos y mimosas. Todos cayeron al suelo, negros y hechos ceniza. Sus lamentos duraron miles de años y traspasaron allende los mares. Con el paso del tiempo, llegaron nuevas generaciones. Cuando vieron aquello todo calcinado, se preguntaron qué había podido pasar. Investigaron y buscaron respuestas, pero las respuestas salieron vacías. No las hay.

Un buen día, un Sabio pasó por aquella ciudad, la cruzó y llegó a aquellos parajes calcinados, aún a pesar del paso del tiempo. Se sentó y alguien muy pequeñito se asomó por debajo de la roca y le susurró: «Eh, eh… oye tú, sal de aquí que me privas de la luz». (Era lo único que les quedaba). «Vuelve por donde has venido; aquí solo queremos paz eterna. Ahí abajo hay algo que llamáis mundo, oh Tierra, pero no sabéis cuidar de ella». ¿Quién dijo que los árboles no lloran?