Relato 7 de 30
Fuego - Rosa Agustina Lopez Orea
¡Fuego, fuego! La voz de alarma se había dado tarde, el humo se extendía rápidamente y empezaba a ser difícil respirar. Un tropel enloquecido se agolpaba por las escaleras en busca de la salida. La niña intentaba lo mismo, pero nadie reparaba en ella. Tan pequeña, tan frágil, apenas tendría seis años, y aquella escalera, empinada, oscura y abarrotada, más que el camino a la salida, le parecía un abismo inmenso del que no podría salir si caía en él. El pánico la paralizó, Se sentó en un rincón del rellano y pronto el llanto y la sensación de ahogo se apoderaron de ella. En un momento en que alzó la vista la vió. Allí estaba frente a ella sonriéndole, era una mujer fuerte de mediana edad, le dijo: “Hola… dame la mano” Aquella mano apretó con tal fuerza la suya que ni una estampida hubiera podido soltarla. Y en ese momento ya no recordó nada más, porque la intoxicación del humo iba haciendo su efecto y sus sentidos se desconectaron.
¿Cómo podría darle las gracias a aquella desconocida que con fortaleza y dulzura la rescato prácticamente de entre las llamas, si nunca más la volvió a ver?
¡¡Ha sido esta mañana!! Una imagen me devolvía a ese momento y a ese lugar. La hubiera reconocido entre un millón. Estaba ya muy mayor, canosa, pero con la misma sonrisa y la misma mirada de cariño. Me dijo “Hola” y yo la conteste prácticamente al unísono “Hola” Nos reconocimos en el espejo de mi cuarto de baño. Ahí estaba, ahí había estado siempre, dándome la mano con fuerza, ayudándome a caminar sin miedo y a crecer con cada paso equivocado. En ese mismo instante pude comprender y agradecer todo lo ocurrido en aquella escalera. Como si de una revelación se tratara, encajaron todas las piezas del puzzle. Solo me queda seguir adelante aferrada a esa mano que nunca me soltará, ahora lo sé.